ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
Poetas Muertos
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5/3/17

LA HUELLA DE FRANCO EN EL VALLE DE LOS CAÍDOS ES IMPOSIBLE DE BORRAR















       Esta periodista, de la que no ofrece ninguna duda su carácter imparcial, democrático y liberal, ha publicado este artículo basándose en hechos reales sobre una de las verdades Históricas de España, que con anterioridad, ya habían escrito algunos historiadores.


Victoria Prego





      El Valle de los Caídos es inseparable de la figura de Francisco Franco y, aunque se exhumen sus restos y se trasladen al cementerio de El Pardo, donde está enterrada su mujer, siempre conservará su huella. Y eso es así porque fue Franco quien ideó que se levantara en aquella España de la posguerra un Valle de los Caídos. Porque fue él quien eligió personalmente el lugar en el que debía erigirse el monumento y quien supervisó directísimamente las obras; quien encargó al  escultor Juan de Ávalos -un republicano con carnet de las Juventudes Socialistas- las esculturas que adornan la fachada de la Basílica y las que están en la base de la gigantesca cruz de 150 metros de granito que la corona. Fue Franco quien eligió la rama de enebro con la que el escultor nacionalista vasco Beobide hizo la talla del Cristo en la cruz que preside el altar. Y fue Franco quien definió también el cometido del monumento.

Diego Méndez, uno de los dos arquitectos del Valle, cuenta que desde mucho antes de que ganara la guerra, Franco tenía la obsesión de levantar un monumento con el que honrar a los muertos caídos en la contienda. Y es cierto que en aquel momento su intención era la de homenajear a sus muertos. Y así lo atestigua el decreto del 1 de abril de 1940, un año después de terminada la contienda, en el que se ordena que «se levante un templo grandioso […] en el que reposen los héroes y mártires de la Cruzada».

Pero 18 años más tarde ciertas cosas habían cambiado en el país y, cuando en 1958 se inauguró el Valle de los Caídos, los gobiernos civiles informaron oficialmente a todos los ayuntamientos que el propósito del monumento era «dar sepultura a cuantos cayeron en nuestra cruzada, sin distinción del campo en el que combatieron, […] con tal de que fueran de nacionalidad española y de religión católica» puesto que se trataba de sepultarles en un lugar sagrado. E invitaban a que, quienes lo desearan, llevaran a enterrar allí a los suyos. La segunda condición para que los restos identificados fueran depositados en Cuelgamuros fue que ello contara con el consentimiento pleno de los familiares.

A partir de 1958 empezaron a llegar a la cripta de la basílica las primeras cajas. Ahora mismo la Basílica cobija en la cripta los restos identificados de  alrededor de 35.000 caídos en el frente y en las retaguardias, la mayoría de los cuales, me aseguró el anterior abad de la Basílica, Anselmo Navarrete, pertenece al bando republicano. De los que faltan hasta sumar la totalidad de los restos guardados allí, casi 100.000, procedentes la mayor parte de las fosas comunes abiertas en los frentes de batalla, no se conocen las identidades y sería hoy ya muy difícil su identificación. Esta es la realidad demostrable y documentada de los muertos en la Guerra Civil española que descansan en este Valle de los Caídos, objeto en los últimos años de una muy agria polémica.

Pero este Monumento carga con una leyenda negra alimentada por determinados grupos de la izquierda que ha tenido un éxito indudable entre la población. Y uno de esos elementos falsos es el de que allí se sometió a trabajos forzados a los presos políticos después de la guerra. No es verdad. Estos son los datos: durante los casi 19 años que duró su construcción trabajaron allí entre 800 y 1.000 presos políticos, nada de decenas de miles como quiere la leyenda negra divulgada. Y nunca acudieron en régimen de trabajos forzados. Todo lo contrario: para ir a trabajar a Cuelgamuros los reclusos políticos tenían que solicitarlo oficialmente. Porque ocurría que las perspectivas penales, económicas y personales eran mucho mejores allí que en cualquier prisión.

En lo personal, porque los presos fueron autorizados a llevar a sus mujeres y a sus hijos, que se quedaron en muchos casos a vivir con ellos. En lo penal, porque los reclusos políticos podían redimir de dos a seis días de condena por cada día de trabajo. Los primeros presos llegaron a finales de 1942, dos años y medio después de comenzadas las obras, y al terminar 1950 no quedaba ninguno porque todos habían redimido ya sus penas y estaban en libertad. Muchos de ellos, sin embargo, optaron por seguir en el Valle como personal contratado. Y en lo económico porque las condiciones de los presos políticos eran idénticas a las de los trabajadores libres.

Cobraban el mismo salario, aunque a los reclusos se les retenían las tres cuartas partes de la paga, un dinero que se les ingresaba en la Caja Postal de Ahorros para entregárselo a sus mujeres e hijos, si los tenían, o a ellos mismos cuando recuperaban la libertad. Cobraban los puntos por cargas familiares, las horas extraordinarias y estaban asegurados. Todo esto está documentado, además de avalado por los testimonios directos de quienes trabajaron allí.

Tampoco existieron nunca esos miles de muertos en el tajo que cuenta la leyenda negra ahora revivida y admitida como buena por casi todos. En los casi 20 años que duró la construcción se registraron exactamente 14 accidentes mortales. Y la mayor parte de las víctimas, si no la totalidad, fueron obreros libres que, por razón de la especialización de las tareas, eran la mayoría de los que estaban allí trabajando.

Ni siquiera está claro que Franco quisiera ser enterrado en el Valle de los Caídos, como se sostiene. El único testimonio existente en ese sentido es el del arquitecto Diego Méndez, quien cuenta que, durante las obras, Franco le señaló a él un lugar junto al altar mayor y le dijo: «Yo, aquí». Nada más. No existe constancia escrita de este deseo ni nadie lo supo nunca: ningún miembro de su familia, ni tampoco el Presidente del Gobierno. En los últimos días de la enfermedad del General, Arias Navarro le preguntó a su hija Carmen exactamente eso, si sabía que su padre había expresado su deseo de ser enterrado allí, y la respuesta fue: «No».


Lo que sí consta es que las obras para acondicionar una tumba al otro lado del altar se realizaron a toda prisa estando el dictador ya irremediablemente enfermo. Consta también, y hay testimonio de ello, que a comienzos de los 70 Franco envió a su mujer a visitar la cripta de la ermita del cementerio de El Pardo. Y consta que en esa cripta había una urna funeraria con capacidad sobrada para dos cuerpos y que, una vez enterrado Franco en Cuelgamuros, esa urna fue retirada. Y, finalmente, consta que allí reposan ahora en solitario los restos de su viuda, Carmen Polo.

Entre tantas conjeturas y tanta leyenda, hay, eso sí, una certeza: la de que el Valle de los Caídos es uno de los pocos lugares de España donde la huella física de Franco existe todavía. Y la de que la retirada de sus restos de la Basílica no será suficiente para borrar su huella del Monumento.



Francisco Javier de la Uz Jiménez


3/3/17

APOYO A LOS NAVARROS

 











APOYO A LOS NAVARROS


La experiencia vasca nos ha enseñado que, bajo el eufemismo de fomentar el uso del euskera, lo que hay de fondo es un intento de extender el nacionalismo independentista.

A veces, para no entender las cosas es bueno mirar hacia atrás.

No hay que ser adivino para ver cuál va a ser el camino si miramos la experiencia en el País Vasco o en Cataluña.

Primero se sobreoferta el vascuence bajo la excusa de garantizar los derechos de todos los que lo quieran aprender para luego acabar imponiéndolo en la escuela y en el resto de áreas de la sociedad. Se exige para conseguir un trabajo en la Administración Pública, en los medios de comunicación, para recibir subvenciones…

Y en paralelo un proceso de tergiversación de la historia y sembrando desafección a todo lo que suene a España y a la identidad española de los navarros.

Pero esta vez nos conocemos la historia y no queremos caer en el mismo error.



¡Gracias por tu apoyo a Navarra y los navarros!

Carlos
Españoles de a pie





Chevi Sr.

24/2/17

ASÍ SE APODERÓ STALIN DEL ORO DE ESPAÑA














Por ALEXANDER ORLV

SELECCIONES DEL READER´S DIGEST



ALEXANDER ORLOV es el jefe de más alto rango del Servicio Secreto soviético que haya roto con eI Kremlin. Desde 1938 vive en los Estados Unidos. En 1953 publicó un libro titulado Historia secreta de los crímenes de Stalin. 


General Alexander Orlov. Foto pasaporte

He aquí el asombroso relato de lo que quizá haya sido el mayor atraco de la historia, narrado por primera vez y con todo detalle por su principal organizador.  

AQUELLA tarde del 22 de octubre de 1936, a la luz del crepúsculo, salí de Cartagena. A mi lado, en el coche, incapaz de dominar su nerviosismo, se hallaba un alto funcionario de la Dirección General del Tesoro. Nos seguía una columna de veinte camiones de cinco toneladas. Nuestro punto de destino estaba en las colinas que se perfilaban a lo lejos, a seis u ocho kilómetros al norte. Se trataba de un polvorín de la Armada, pero lo que en aquellos momentos nos ocupaba era algo más importante que granadas y cordita.

Cuando el convoy se detuvo, ya había caído la noche. Al descender del automóvil observé unas pesadas puertas de madera, reforzadas con barras de hierro, que cubrían el frente de la ladera y junto a las que montaban guardia varios centinelas. Uno de ellos corrió los enormes cerrojos y abrió una puerta doble frente a nosotros. Vimos una espaciosa gruta artificial, excavada en la roca, escasamente iluminada por varias bombillas eléctricas.

En el interior, esperando nuestras órdenes, se hallaban sesenta marineros españoles. Apiladas contra las paredes, había miles de cajas de madera, todas iguales. Las cajas contenían lingotes y monedas de oro, y virutas. Todo ello valía centenares de millones de dólares. Ante mí se amontonaba el tesoro que una vieja nación había acumulado a través de los siglos. Aquello era lo que yo había venido a buscar y mi tarea era hacerlo llegar a Moscú. 

Corrían los primeros meses de la guerra civil española. Durante diez días yo había estado preparando la "Operación Oro" con todo detalle. Algunos dirigentes republicanos, temiendo que las reservas oro del país pudieran caer en poder de las fuerzas del General Franco, decidieron confiar el tesoro, "para mayor seguridad", a José Stalin. Aunque autorizada (con dudosa legalidad) por dichos dirigentes republicanos, la transacción constituyó, posiblemente, el mayor atraco de la historia

El envío a la Rusia soviética de la mayor parte de las reservas españolas de oro —por lo menos seiscientos millones de dólares, según mis cálculos— ha sido objeto de todo género de rumores y conjeturas durante más de dos décadas. Del grupo de hombres que estuvieron implicados en los comienzos de la operación, solo dos viven toda-vía: un español y yo. 

Cajas del oro guardado en el polvorín de la Armada en Cartagena

HABÍA llegado yo a Madrid el 16 de setiembre de 1936; unos dos meses después del comienzo de la guerra civil española, para dirigir un numeroso grupo de técnicos soviéticos en cuestiones militares y de inteligencia. Mi grado en la N. K. V. D. (siglas en ruso de "Cornisariado del Pueblo para Asuntos Internos", es decir, la Policía Política) era el equivalente a General.

Actuaba como asesor principal del Gobierno republicano en lo referente a espionaje, contraespionaje y guerra de guerrillas, cargo que iba a desempeñar durante casi dos años.

Al igual que todos los rusos destacados en España, sentía una apasionada devoción por la causa de la República.

Nos instalamos en el último piso de la Embajada soviética en Madrid, donde disponíamos de un potente equipo de radio.

Llevaba allí menos de un mes cuando el Oficial de cifra entró en mi despacho con el libro de claves bajo el brazo y un radiograma en la mano.

—Acaba de llegar de Moscú —dijo—, y estas son las primeras líneas: "Absolutamente secreto. Debe ser descifrado personalmente por Schwed".

Schwed era mi nombre clave. Descifré el resto del mensaje. Tras una nota introductoria del jefe de la N. K. V. D., Nikolai Yezhov, se leía:

"Prepare con el jefe del Gobierno, Largo Caballero, el envío de las reservas de oro de España a la Unión Soviética en un vapor ruso. Todo debe hacerse con el máximo secreto. Si los españoles exigen un recibo, rehúse --repito—, rehúse. Diga que el Banco del Estado entregará un recibo oficial en Moscú. Le hago personalmente responsable de la operación. Firmado: Ivan Va-silyevich".

La firma era el nombre en clave, rara vez utilizado, del propio Stalin.

¿Sería posible que Largo Caballero y sus colegas, españoles patriotas y honrados, consintieran en poner el oro de su país en las voraces manos de Stalin? ¿Pensarían sinceramente que el Kremlin, que despreciaba la ley y la moralidad "burguesas", podría devolver semejante riqueza una vez en posesión de ella? Pude averiguar que la respuesta a estos interrogantes era afirmativa. De hecho, la idea de "proteger" las reservas de oro de su posible captura por parte del enemigo, mediante el envío de las mismas a Rusia, ¡había tenido su origen en los propios e inquietos líderes republicanos!

























Cámara acorazada del Banco de España 

Las fuerzas de Franco apretaban su cerco en torno a Madrid y la caída de la capital parecía inminente. El traslado del oro y la plata de las cajas del Banco de España fue ordenado en una disposición secreta, de fecha 13 de setiembre, firmada por el Presidente de la República, Manuel Azaña, y el ministro de Hacienda, Dr. Juan Negrín. Este decreto facultaba al ministro para trasportar los metales preciosos "al lugar que, en su opinión, ofreciera las mayores garantías de seguridad". También señalaba que, "a su debido tiempo", la trasferencia seria regularizada mediante su discusión y aprobación por las Cortes. Sin embargo, este requisito no se cumplió jamás.

Por discutible que fuese la legalidad del Decreto, la medida no implicaba el envío del tesoro fuera del país. Pero al empeorar la situación militar, Negrín, desesperado, resolvió hacer uso de sus poderes. Con este fin decidió sondear —solo el presidente y el jefe del gobierno tenían conocimiento de esta decisión— al agregado comercial soviético acerca de la posibilidad de situar el oro en Rusia. El agregado informó a Moscú, y Stalin aprovechó la oportunidad.

Dos días después de haber recibido la orden de Stalin conferencié con Negrín en nuestra Embajada.

El ministro de Hacienda, un catedrático recién llegado a la Administración, parecía el verdadero prototipo del intelectual: opuesto teóricamente al comunismo, pero, si bien de una manera vaga, simpatizante con el "gran experimento" ruso. Esta candidez política contribuye a explicar su impulso de enviar el oro a aquel país. Además, con Alemania e Italia al lado de los nacionalistas, y ante la indiferencia de las democracias occidentales, Rusia era un aliado, la única gran potencia que apoyaba a los republicanos españoles.

— ¿Dónde están ahora las reservas de oro? —pregunté.

En Cartagena —contestó—. En una de las viejas grutas, al norte de la ciudad, utilizadas por la Armada como polvorín.

Otra vez la suerte de Stalin, pensé satisfecho. Mi tarea se simplificaba enormemente por el hecho de que el cargamento estuviera ya en Cartagena. Aquella amplia bahía era donde los buques rusos descargaban sus suministros de armamento y equipo. No solamente barcos, sino también personal de confianza soviético, estaban a nuestro alcance fácilmente.

 Otro político español tenía que ser informado: el ministro de Marina y Aire, Indalecio Prieto. Necesitábamos sus barcos de guerra para escoltar el cargamento a través del Mediterráneo hasta Odesa, en el mar Negro. Cuando se le consultó, accedió a dar las órdenes necesarias.

La rapidez era vital. El menor rumor expondría nuestros barcos a ser interceptados. Además, el temperamento del pueblo español era tal que, si se filtraba algún indicio de que el tesoro de la nación iba a ser enviado al extranjero —iy a la Rusia comunista!--, toda la operación y sus autores hubieran terminado trágicamente.


Siguiendo instrucciones de Negrín, un alto funcionario de la Dirección General del Tesoro me dio detalles acerca del oro y su lugar de almacenamiento. Había unas diez mil cajas, cuyas dimensiones eran 30,5 x 48,2 x 17,7 cm, cada una con 65 kilos y medio del precioso metal, lo que suponía unas 650 toneladas.


A la vista hay 112 estanterías con un total de 34 toneladas. El oro de Moscú necesitaría 1.700 estanterías como esas.

Al día siguiente salí para Cartagena por carretera. En aquella base me encontré con nuestro Agregado Naval y viejo amigo mío Nikolai Kuznetsov (que durante la segunda guerra mundial fue ministro de Marina de la URSS), al que di instrucciones para hacerse cargo de todos los buques rusos que llegaran a Cartagena, lograr que fueran descargados rápidamente y ponerlos bajo mi mando. Un carguero soviético estaba en el puerto, y se esperaba la arribada de otros más. También conferenciamos con el jefe español de la base, el cual puso sesenta marineros a mi disposición.

Me enfrenté luego con el problema de trasportar el oro desde la gruta al muelle. Una Brigada soviética de tanques había desembarcado en Cartagena dos semanas antes y se hallaba destacada en Archena, a unos 65 kilómetros de distancia. Su jefe era el Coronel S. Krivoshein, al que los españoles conocían por Melé. Krivoshein puso a mi disposición veinte de sus camiones militares y otros tantos de sus mejores conductores.

Finalmente, todo estuvo a punto. Mis camiones estaban aparcados en la estación de ferrocarril cartagenera, con un tanquista soviético, vestido con uniforme español, al volante de cada uno. Los sesenta marineros que cargarían el oro habían sido enviados a la gruta con una o dos horas de anticipación. Los tripulantes de cuatro barcos rusos, incluidos cocineros y camareros, sabían ya que les esperaban varias noches de duro trabajo para llevar a bordo un importante cargamento. Y así, el 22 de octubre, al caer la tarde, me dirigí al polvorín seguido de una caravana de camiones.

Los marineros españoles, todos ellos procedentes de la flota submarina, eran jóvenes y de escasa corpulencia. Hacían falta dos de ellos para llevar una caja y subirla al camión. Para facilitar el recuento limité la carga de cada vehículo a cincuenta cajas y, una vez cargados, envié los camiones al puerto en grupos de diez.

Cuando volvían, dos horas más tarde, otros diez vehículos estaban dispuestos a partir con otras quinientas cajas. Mi coche, en el que viajaba yo u otro miembro de la N. K. V. D. y uno de los funcionarios del Tesoro, encabezaba cada convoy.

Cuando la operación estuvo en marcha planteé finalmente al funcionario de la Dirección General del Tesoro, que se hallaba a mi lado, la pregunta que había evitado cuidadosamente hasta entonces:

—¿Cuánto oro se supone que vamos a enviar?

Debido a la atropellada preparación del envío en la parte que correspondía a los españoles, el funcionario contestó:

—¡Oh, más de la mitad, supongo!

Sería, pensé, mucho más.

La carga y el trasporte continuaron durante tres noches, desde las siete de la tarde a las diez de la mañana. Aquellas fueron noches sin luna. Como la ciudad estaba permanentemente a oscuras, no podíamos usar los faros. A veces un conductor perdía de vista el camión que le precedía, y parte de la columna se fraccionaba. 


Uno de los barcos rusos donde fueron cargadas las cajas de oro del Banco de España

Tuve muchas preocupaciones a causa de esto, porque los tanquistas, aunque vestían uniforme español, no hablaban una palabra de castellano. ¿Qué pasaría si eran detenidos por una patrulla militar y tomados por espías alemanes? La justicia de la guerra civil era rápida y tajante. ¿Y si se registraban los camiones? La noticia de que unos extranjeros se llevaban camiones cargados de oro podía provocar un estallido de violencia política.

Otro motivo de angustia era la posibilidad de un bombardeo nacionalista. Las grutas inmediatas a la utilizada como depósito del oro estaban llenas de explosivos; un impacto directo significaría el fin de todos nosotros. Por otra parte, nuestros barcos podían ser hundidos en el puerto.

Durante aquellos días no dormí más de cuatro horas, por término medio. Entre carga y carga, los marineros encerrados en la gruta dormían también, tendidos en el suelo. Les dábamos emparedados, café, bebidas frías, chocolate y cacahuetes. Para matar el tiempo, muchos de ellos jugaban a las cartas. Resultaba irónico que emplearan en sus partidas monedas de cobre y, en algunos casos, cacahuetes, estando rodeados de millones en oro.

La suerte nos acompañó hasta la tercera y última noche. Hacia las cuatro de la madrugada, un grupo de bombarderos apareció súbitamente sobre las colinas. Desde la gruta podíamos escuchar la explosión de las bombas en los muelles. En el puerto, según pude saber por las declaraciones de los conductores que regresaban, los aviones habían alcanzado a un carguero español que estaba fondeado junto a nuestros barcos. Decidí acelerar la operación y hacer que mis buques abandonaran la bahía lo más rápidamente posible.

Cuando aquella noche, después de cargado, el último camión salió para los muelles, pedí al funcionario del Tesoro que me dijera la cifra final.

 —He contado 7.800 cajas --contestó--; tres cuartas partes de las reservas de oro.

A las diez de la mañana del 25 de octubre la última caja subió a bordo del último barco. Llegó entonces el momento tan inevitable como embarazoso para mí: ¡Me pedían un recibo!

—¿Un recibo? —dije esquivando la mirada inyectada y patética del funcionario, y aparentando indiferencia—. Pero, compañero, no estoy autorizado a dárselo. No se preocupe, amigo mío, ese recibo será extendido por el Banco del Estado de la Unión Soviética cuando todo sea comprobado y pesado allí.

El funcionario se quedó de una pieza, como si hubiera sido alcanzado por un rayo. Apenas podía hablar con coherencia. No comprendía... Aquello podía costarle la vida en esos momentos… ¿Debería llamar a Madrid?

Yo estaba dispuesto a mantenerle alejado del teléfono, por la fuerza si fuera necesario. En su lugar, le sugerí que enviara un representante del Tesoro en cada barco, en calidad de vigilante oficial del oro. 



He aquí, publicada por vez primera, la página de firmas de un recibo, fechado el 5 de febrero de 1937, por lo que se atestigua la llegada de 7.800 cajas de oro español para su “custodia” en Moscú.

Lógicamente, esta concesión no significaba nada. Pero aquel hombre estaba tan aturdido que se aferró a dicha solución.

Dos horas después zarparon los buques. Por fin pude informar a Moscú que el precioso cargamento iba ya rumbo a Odesa.

POSTERIORMENTE, y por los informes de algunos altos funcionarios del Servicio de Inteligencia que iban y venían entre Rusia y España, pude conocer lo sucedido en el lado soviético de la operación. Un gran número de agentes de la N. K. V. D., procedentes de Moscú y Kiev, se reunieron en Odesa. Durante varios días trabajaron como estibadores descargando las cajas y llevándolas a un tren especial. Una amplia zona, desde los muelles a la estación de ferrocarril, fue acordonada por tropas escogidas. Cuando el tren salió para Moscú, centenares de Oficiales armados escoltaron el cargamento, como si atravesaran territorio enemigo.

Supe que Stalin, para celebrar el golpe, ofreció una magnifica recepción a los altos jefes de la N. K. V. D. la noche siguiente de la llegada del cargamento a Moscú. Todo el Politburó estuvo presente. El dictador estaba entusiasmado. ¡Qué triunfo para un hombre que había empezado su carrera política organizando atracos a los bancos en favor de su causa.

 El jefe de la N. K. V. D., Yezhov, contó a un amigo mío que Stalin pronunció estas joviales palabras:

Nunca volverán a ver su oro, del mismo modo que no pueden verse sus propias orejas.

En los veintiún meses que trascurrieron entre la "Operación Oro" y mi deserción del régimen soviético, estuve en estrecho contacto con los líderes republicanos españoles, pero el asunto siguió siendo un callado y doloroso secreto entre nosotros. Estaba seguro de que su acción había empezado a parecerles un error monumental. La única vez que se mencionó la cuestión fue en el curso de una conversación con Negrín.

—¿Recuerda aquellos cuatro hombres de la Dirección General del Tesoro que fueron enviados a bordo de sus barcos? —preguntó—. Todavía están en Rusia, y ya ha pasado un año. Me pregunto por qué a esos pobres muchachos no se les permite regresar a su tierra.

Aquellos cuatro desdichados, según pude descubrir mucho tiempo después, no pudieron salir de Rusia hasta que terminó la guerra en España.

El General Franco debió de enterarse de la desaparición del oro tan pronto como tomó a Madrid. Pero su Gobierno no dijo una palabra de ello durante más de dieciocho años. La moneda española, ya un tanto débil, podría haberse derrumbado si se hubiera sabido que las arcas nacionales estaban casi vacías.

El silencio oficial se rompió una sola vez, en diciembre de 1956, después de la muerte del Dr. Juan Negrín. De entre sus papeles privados se rescató finalmente un recibo oficial por el oro depositado en la Unión Soviética.

Pocos meses después, en un artículo claramente irónico, el periódico Pravda admitía que unas quinientas toneladas de oro habían llegado a la URSS en 1936, y que el Gobierno soviético había expedido el oportuno recibo. El oro, seguía diciendo el diario, era la garantía por el pago de los aviones, armas y otras mercancías soviéticas enviadas a la República española. No solo se había gastado todo, ¡sino que todavía se debían cincuenta millones de dólares a la Rusia soviética

La orden de traslado y sus motivaciones





Junta de accionistas del Banco de España en el interior de la caja fuerte, junto a lingotes de oro Manuel Azaña y Juan Negrin

El 13 de septiembre de 1936 el nuevo Ministro de Hacienda, el socialista Juan Negrín, por iniciativa propia emitió un decreto “reservado”. El Decreto reservado decía lo siguiente:

“Ministro de Hacienda”

Excmo. Sr:

Por su excelencia el Presidente de la República, y con fecha 13 del actual, ha sido firmado el siguiente decreto reservado: La anormalidad que en el país ha producido la sublevación militar aconseja al Gobierno adoptar aquellas medidas precautorias que considere necesarias para mejor salvaguardar las reservas metálicas del Banco de España, base del crédito público. La índole misma de la medida y la razón de su adopción exigen que este acuerdo permanezca reservado. Fundado en tales consideraciones, de acuerdo con el Consejo de Ministros, y a propuesta del de Hacienda, vengo en disponer, con carácter reservado, lo siguiente:

Art. 1º: Se autoriza al Ministro de Hacienda para que en el momento que lo considere oportuno ordene el transporte, con las mayores garantías, al lugar que estime de más seguridad, de las existencias que en oro, plata y billetes hubiera en aquel momento en el establecimiento central del Banco de España.

Art. 2º: El Gobierno dará cuenta en su día a las Cortes de este Decreto.

Madrid, 13-9-36”.

Es de observar que en aquella época el Banco de España era un ente privado, Sociedad Anónima, y no un Organismo Público como lo es hoy.

El Decreto fue firmado por el Presidente del Gobierno del Frente Popular, Manuel Azaña, a quien no se le informó cuando se aplicaría el decreto, ni tampoco el destino del tesoro.

Las cajas de oro fueron transportadas en camiones a la Estación del Mediodía, y desde allí a Cartagena, donde de depositaron en los polvorines de La Algameca, en una Base Naval bien custodiada. El traslado por vía férrea hasta Cartagena fue protegido por la «Brigada Motorizada» del PSOE.

El cajero principal del Banco de España se suicida y los consejeros Martínez Fresneda y Álvarez Guerra denunciaron la extracción del oro por constituir una ilegalidad y presentaron su dimisión.

El propio Indalecio Prieto escribió al respecto que no podían vanagloriarse de esta aventura conocida como el oro de Moscú: “Un ministro socialista pidió autorización para proceder libremente; el Gobierno, del que formábamos parte otros cinco socialistas, incluso quien lo presidía, se la concedió, y socialistas eran también los bancarios que dispusieron cuanto se les ordenó, tanto en España como en Rusia, así como los paisanos que convoyaron el cargamento entre Madrid y Cartagena”.




Francisco Javier de la Uz Jiménez